Una noche y una mañana en Paraty

Calles de Paraty ©Nelson González Arancibia

Me quería alejar un poco de la locura de los días de carnaval en Río de Janeiro y buscar un lugar más tranquilo. Tomé una guía de viajes y partí con mi mochila a la rodoviaria de Río a buscar mi nuevo destino. Antes había leído algo sobre Paraty, que el lugar era tranquilo, de arquitectura colonial, que todo transcurría lento. Y efectivamente así era, todo tal cual lo decía la guía de viajes. Pero lo que no decía, era que en días de carnaval, cualquier lugar tranquilo puede transformarse en una fiesta, aunque sea Paraty.

Camino a Paraty

Llegué a eso de las 5 de la tarde al hostel Che Lagarto de Paraty, un lugar barato y agradable, pensado en hospedar viajeros que se mueven con un presupuesto limitado. Luego de instalarme ya había caído la noche, era el último día de carnaval en todo Brasil y había que despedir la fiesta hasta el año siguiente.

Cuando viajas haciendo fotografía y piensas que cada momento de relajo que te das, es en realidad una oportunidad perdida de conseguir buenas fotos de aquel momento, se hace difícil tomar la decisión de salir a la calle sin cámaras. Y eso fue lo que hice, aquella noche sería sólo para mi, sin registro alguno.

Calles de Paraty ©Nelson González Arancibia

Muchas cervezas

A eso de las 11 de la noche la fiesta estaba instalada en la plaza de la ciudad, donde las orquestas se turnaban para animar a locales y turistas. Las cervezas que te tomas en la calle parecen nunca ser suficientes y sin darte cuenta de pronto te ves en medio de un bloco callejero bailando, charlando y riendo con gente que nunca habías visto en tu vida.

Luego de recorrer junto al desfile todo el centro histórico de Paraty, cerca de las 5 de la mañana la fiesta se tranquilizó. Me despedí de mis nuevos amigos (a quienes conocí aquella noche y nunca más volví a ver) y emprendí rumbo de regreso al hostel. En ese momento me di cuenta que tenía un verdadero problema por delante: estaba borracho, no podía caminar por los irregulares adoquines en el piso y lo peor de todo es que no recordaba donde me había hospedado.

Aún recuerdo la sensación de completa indefensión que sentí afirmado en un poste del alumbrado público esperando que la calle del hospedaje se detuviera frente a mi para comenzar a caminar.

En un momento de lucidez recordé algunos detalles de la calle y emprendí el lastimoso regreso. Con mucho cuidado y tratando de no despertar a mis compañeros de cuarto me dejé caer sobre la cama hasta la mañana siguiente. Esta sería una historia como cualquier otra de juerga, de no ser porque la noche anterior tuve la genial idea de contratar un paseo en barco por las playas de Paraty justo para la mañana siguiente.

Paseo en barco por Paraty ©Nelson González Arancibia

La mañana siguiente

Aún con la cabeza dándome vueltas me incorporé, tomé mi equipo fotográfico y partí como pude a dar mi paseo en barco. No estaba apto para ser una buena compañía para nadie, pero con el transcurrir de las horas mi ánimo mejoró y logré disfrutar del increíble paisaje de la costa carioca.

Aquí corresponde mencionar el sentido que le damos a la palabra «anécdota», más allá del hecho curioso y poco habitual en sí, es aquello que en el momento nos parece trágicómico, pero que con el paso del tiempo se transforma en lo verdaderamente memorable de aquella experiencia.

El paseo en barco pasó a segundo plano, de hecho ni siquiera me lancé al mar para tomar un baño. Sucede con frecuencia que pienso ¿qué pasaría si mientras estoy en el agua sucede algo realmente notable y yo estoy aquí chapoteando lejos de mi cámara?, esa es una pregunta que imagino varios viajeros se hacen cuando el capturar imágenes es el principal objetivo de su recorrido.

Estas son algunas de esas fotografías, las que tomé con la resaca del carnaval de Brasil, una mañana de febrero en la apacible Paraty.

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