Cosas insignificantemente extraordinarias

Mucha gente imagina a los viajeros haciendo cosas extraordinarias, como pelear con anacondas, cruzar peligrosos puentes en medio de la selva o saltar desde una avioneta en paracaídas. Me encantaría contar historias parecidas, pero mis experiencias son bastante menos extremas y tal vez menos emocionantes. Sin embargo cada una de ellas han sido parte de una pequeña fracción de mi vida y se han vuelto extraordinarias porque han sido únicas y me han hecho feliz. Esta es mi lista de algunas cosas extraordinarias que he hecho viajando (hasta ahora):


– Llegar a un nuevo destino y decir “lo logré, estoy aquí”.

– Viajar por el mundo sin salir de mi casa.

– Bromear con la oficial de inmigración al timbrar mi pasaporte en Madrid.

– Sentarme en una esquina a escuchar las voces de los niños al salir del colegio en Sipe Sipe, cerca de Cochabamba.

– Dedicar el día a pensar en lo que quiero hacer con mi vida.

– Robarle una sonrisa a una abuela en Ucrania sin entendernos nada el uno al otro.

– Escribir con un lápiz sobre un papel.

– Sentarme a mirar el paisaje en un cerro de Purmamarca en el norte argentino.

– Mirar a la gente en la calle.

– Compartir una habitación de hostal con personas que acabo de conocer en un tren en Bolivia.

– Perderme y sentir miedo.

– Llenar una libreta con direcciones.

– Deslumbrarme mirando las etiquetas de los productos en otro idioma en el supermercado.

– Dejar entrar a mi casa gente que no había visto nunca antes en mi vida.

– Caminar bajo la lluvia.

– Pedir hospedaje en Couchsurfing y ser recibido por la dueña de un hotel en República Checa.

– Quedarme solo en casa acompañado de un perro, 3 gatos y 3 gallinas en Francia.

– Ver como anochece y no encontrar el camino de regreso.

– Ser robado en una estación de metro en Rusia.

– Pisar las hojas caídas en otoño.



– Sentir escalofríos al visitar un ex campo de concentración en Polonia.

– Ver a 60 hombres arrodillados orando en una calle de Marrakech.

– Caminar por 3 horas y media de madrugada en Paris buscando mi hostal.

– Comer algo en la calle y no saber lo que es.

– Ir a un médico en Rusia y no entender nada lo que dice la receta.

– Ver a un ciervo correr delante de mi bicicleta en Kirchberg, Alemania.

– Cruzar la frontera del país caminando en Venezuela.

– Ir a un matrimonio en San Petersburgo sin conocer a nadie y que el novio me diga «eres bienvenido».

– Llegar una tarde a Guyana y no ver a nadie en las calles.

– Bajarme de un taxi en medio de la carretera en Rusia.

– Conversar con una cajera de Mongolia en un supermercado en Praga.

– Fotografiar las alcantarillas de las ciudades que visito.

– Sentirme solo.

– Entrar a un monasterio en Rusia.

– Viajar 8 horas en el bus más incómodo del mundo en Marruecos.

– Dar un paseo en bicicleta a medianoche en Hamburgo.

– Salir a caminar por las calles a las 3 de la madrugada acompañado de un perro llamado Ramón.

– Quitarme los zapatos al entrar a las casas en Europa.

– Ser conocido como “chileno”.

– Celebrar con una cena el Día de Acción de Gracias junto a viajeros norteamericanos en una hostal de Marruecos.

– Darme cuenta que casi me atropella un tranvía mientras caminaba escuchando música en Francia.

– Ser recibido con una cerveza gigante por mi anfitriona en Karlovy Vary, República Checa.

– Perderme durante una hora en medio del Pantanal en el Mato Groso de Brasil.

– Ser acompañado a encontrar mi hostel en Marruecos por el traficante del barrio.

– Reencontrarme con viajeros del mundo que hospedé en mi casa en Chile.

– Sentir que hice una foto increíble.

– Ser despertado por el sonido de las gaviotas en Esauira, Marruecos.

– Tratar de dormir mirando el ventilador girar sobre mi cabeza en La Habana, Cuba.

– Escuchar una canción de Quique Neira desde la ventana de un departamento en Rennes, Francia.

– Comer la pizza más horrible de mi vida en las calles de Paris.

– Abrir mi cámara fotográfica análoga y velar todas las fotos del rollo en La Paz, Bolivia.

– Hospedarme a 10 minutos del barrio rojo de Hamburgo.

– Ser ayudado en el metro de Stuttgart por un tailandés.

– Ser ayudado por una pareja de Madagascar en una parada de buses en París.



– Ser acompañado hasta la puerta del hostel por una ucraniana que me preguntó en el metro ¿necesitas ayuda?.

– Ser ayudado por un recepcionista de Mali en un hostel de París, a quien horas antes le había hecho una foto.

– Ser ayudado por un nigeriano en el metro de Praga. El me preguntó ¿estás bien con Cristo?.

– Perderme y sentir miedo.

– Visitar una biblioteca pública en Alemania, un día domingo a las 11:30 de la noche.

– Sentir frío en Rusia.

– Visitar la Isla de la Fantasía, en el Amazonas de Colombia

– Ver regresar a casa a mi anfitrión de Couchsurfing completamente borracho en Paris.

– Ir a recuperar mis documentos a una estación de policía en Rusia parecida a la casa del terror.

– Tomar té como condenado en Rusia y Ucrania.

– Ponerme a escribir bajo la lluvia en Saint Malo, Francia.

– Bajar a las profundidades del metro de San Petersburgo.

– Despedirme de todos en la hostal y regresar a las dos horas porque perdí mi bus.

– Ser invitado a ver una carrera donde los atletas corren descalzos en Lethem, Guyana.

– Entrar a un monasterio en Pichory, Rusia.

– Disfrutar de la conversación con una nueva persona cada día de mi viaje.

– Ir a ver al médico en Rusia y no entender nada.

– Pagar el boleto de metro más barato de mi vida en Kiev, Ucrania.

– Comer shawarmas en todas las ciudades de mi viaje.

– Navegar en un barco junto a 200 personas en el Amazonas

– Ir a una peluquería de turcos en Berlín y ser traducido por uno de los clientes.

– Sentir mis manos congeladas en Moscú.

– Escuchar a un inglés tararear una canción de Victor Jara.

– Tocar la nieve.

– Ir a bailar salsa (sin saber bailar) y que mi acompañante me diga “ok, enséñame”.

– Compartir una mesa y almorzar con locales en Marruecos.

– Tomarme un litro de jugo en el control de equipaje del aeropuerto de Roma.

– Salir a la selva a atrapar jabalíes o chanchos salvajes, en Brasil.

– Mirar la nieve caer por la ventana en Moscú.

– Salir a buscar comida aún en buen estado a los basureros de un supermercado en Nantes, Francia.

– Dormir en una hamaca en el Pantanal.

– Ver a las mujeres más lindas del mundo en las calles de Rusia.

– Caminar por el centro de Madrid y encontrarme con un restaurante de “los mejores sándwich chilenos”.

– Sentir que estoy “al otro lado del mundo”

– Confundir un envase de crema de afeitar en vez de un desodorante en un supermercado de Moscú.

– Tomar fotos con película blanco y negro.

– Comprar un tícket a Polonia y terminar ese día durmiendo en República Checa.

– Salir a caminar sin un mapa.

– Buscar una dirección en Moscú.

– Probar la comida local en cada país.

– Fotografiar a una familia de boxeadores en Santiago de Cuba.

– Sentir que soy feliz haciendo lo que me gusta.

Los invito a escribir sus propias historias insignificantemente extraordinarias para publicarlas algún día en Behind a trip

Texto Nelson González Arancibia

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