Mi llegada a Marrakech

 


Llegué a Marrakech pensando en imágenes, en los paisajes que había visto en revistas, con camellos, desiertos y atardeceres, esencialmente exóticos. Pero la realidad de Marrakech me golpeó la cara con algo más que eso, un lugar donde todo se vende y donde apenas unas pocas monedas pueden hacer la diferencia.

Mi llegada a Marrakech

Llegué muy temprano a la ciudad en un vuelo directo desde Cracovia, Polonia. Apenas bajé del avión lo primero que me impactó fue ver militares armados en la losa del aeropuerto, como si nuestra seguridad y la de ellos estuviera en peligro. Al llegar a inmigración todo me pareció muy diferente, las cabinas de control son abiertas, como un gran centro comercial donde puedes ver a los oficiales detrás de un mostrador y donde todo parece más amigable.

Cuando llegó mi turno, la persona que me atendió no levantó la cabeza, llenó un formulario y llamó a un policía que me condujo a una oficina. “Espere aquí”, me dijo, mientras dos mujeres en silla de ruedas esperaban su turno. Luego de 5 minutos otro oficial salió de la oficina y me dijo “puede pasar, bienvenido a Marruecos”. Eso fue todo, ya podía relajarme y disfrutar del sol que entraba por los ventanales gigantes del terminal aéreo. La última escala de mi ingreso era pasar mi equipaje por la aduana. Puse mi mochila en el scanner y cuando me aprestaba a tomarla el encargado se acercó y me preguntó “¿lleva sólo cámaras?, ¿no drones?”. “No drones”, le respondí. “Ok, puede pasar”. Para llegar desde el aeropuerto Menara a la ciudad puedes tomar un taxi por 100 Dirham Marroquí (MAD). Pero la mejor opción es un bus que esperan la mayoría de los mochileros que cuesta 3€ y que se detiene a pasos de la Plaza de Jamaa el Fna en plena Medina.

Es un hombre viejo y pequeño que comienza a caminar rápido, como si fuera atrasado a alguna parte. Trato de seguirle el paso entre motos y bicicletas que circulan sin Dios ni ley por estrechas calles abarrotadas de gente

El trayecto va mostrando poco a poco la identidad de la ciudad. Estamos en un desierto y los árboles escasean. En la medida que avanzamos comienzan a circular viejos vehículos, motos, bicicletas, puedo ver camellos en las esquinas y el ruido aumenta. El bus se detiene en la plaza principal y mucha gente baja en este lugar. “¿Esta es la Medina?”, le pregunto al conductor, -“Sí, todo es la Medina” me responde otro hombre de chaqueta negra y un pañuelo en la mano, visiblemente sudado. Apenas bajo del bus me aborda un sujeto para ofrecerme un hospedaje. Le enseño un papel con el nombre de mi hostal y me dice “ah Kasbah, yo te puedo mostrar, es por allá”. Es un hombre viejo y pequeño que comienza a caminar rápido, como si fuera atrasado a alguna parte. Trato de seguirle el paso entre motos y bicicletas que circulan sin Dios ni ley por estrechas calles abarrotadas de gente.



Son casi las 10 de la mañana cuando el hombre me indica una mezquita y me dice “Ahí, en ese lugar está tu hostal” y me muestra la palma de su mano. Ese era apenas el comienzo. Tomé algunas monedas de mi bolsillo y me prometí que sería la primera y última vez que daría una propina en Marrakech, pero no sería así. Para llegar a mi hostal aún faltaba camino. Tuve que ingresar al barrio de Kasbah, cruzando un portal y preguntando a quienes me parecían más confiables, “no money, no money” tuve que repetir varias veces mas.

Encontrar la dirección fue la primera de mis odiseas en esta ciudad. Para ello debí cruzar una zona de laberintos que nunca terminaban. Caminé varias cuadras cargando mi mochila entre mercados callejeros, motos y burros con carga, “es a la izquierda y luego a la derecha”, me dijo un hombre y luego otro repitió todo lo contrario. Finalmente una mujer, con su cabeza cubierta por una túnica negra que caminaba con una pequeña niña, me dio la indicación correcta. Había llegado al Kasbah Red Hostel.

Nelson González Arancibia / Fotógrafo Behindatrip



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