MARRAKECH, MARRUECOS

Marrakech, Marruecos

Abdelah, Marrakech, Marruecos / Abdelah es un personaje conocido por la gente del barrio de Kasbah. Caminando en silencio entre sus estrechas calles, aparece de pronto como un fantasma sin hacer ruido. El día que llegué a Marrakech me encontraba haciéndole unos retratos a Abdelmajide, el dueño de la pequeña tienda cerca de mi hostal. Abdelah, que vestía una túnica con capuchón completamente de blanco, se detuvo intrigado junto a nosotros a mirar lo que hacíamos. «Yo también quiero», pareció decir haciendo un ruido y llevándose la mano al pecho. Le mostré mi cámara y le dije ¿quieres que te tome una foto? y lo volvió a confirmar con su cabeza. Sin dejar pasar la oportunidad le tomé varios retratos pensando en mi productivo primer día en Marruecos. Una vez que quise seguir mi camino, Abdelah me mostró la palma de su mano pidiéndome una propina. A lo que respondí «yo no te pedí una foto, tu te ofreciste, no voy a darte dinero». Pensé por un momento en lo incómoda de la situación y sentí que estaba siento injusto con aquel hombre, pero tomé mis cosas y me fui. Algunos pasos más allá pude comprobar que más personas observaban mis movimientos. Dos hombres sentados en el piso que vendían pescado esperaron que pasara junto a ellos para recriminarme por no haberle dado una propina a Abdelah. No quería conseguir fotos a costa de entregar algunas monedas, sentía que era traicionar mis principios y fue lo que me propuse respetar.
Un par de días después volví a caminar por las calles de la Kasbah siempre con mi cámara en el hombro pensando en fotografiar algo diferente. Una pequeña calle llamó mi atención por la cálida luz de la tarde y por el silencio absoluto que a ratos se interrumpía por el paso de las motos. Decidí dejar mi mochila en el piso y esperar a la gente que se asomara detrás de la esquina. Mi sorpresa fue absoluta cuando reconocí al primer personaje que apareció en escena. Vestía una túnica con capucha completamente de negro. Apenas me vio comenzó a caminar directamente hacia mi, como quien encuentra a un viejo conocido. Era nuevamente Abdelah, que sin decir nada me mostró la palma de su mano a la que esta vez no me pude negar. 

 

Share
A %d blogueros les gusta esto: